La vida de la niña, el gato y la araña-

La madrugada del lunes pasado, me encontraba leyendo la siempre interesante columna de Carlos Peña en Reportajes de El Mercurio, que hablaba sobre Hannah Jones y el valor de la vida. Como ya algunos saben, Hannah es una niña de trece años que tras una vida llena de dolencias, ha decidido interrumpir su tratamiento para entregarse a la muerte (y a la vida finalmente). Fue en ese instante de reflexión, y recién terminando de leerla, cuando me sorprendió una bulla callejera que parecía ser una pelea entre gatos y perros. Solté el periódico y rápidamente acudí al conflicto: efectivamente eran perros y gatos revolcándose en la calle, ahí, justo al frente de mi casa.

En verdad, más que una pelea entre gatos y perros, era una masacre que tres quiltros le estaban proporcionando a un joven felino. Espanté a los atacantes y constate que el pobre gato había quedado mal herido. Por su vientre se abrían distintas llagas que no paraban de emitir una sangre oscura y densa. El pobre micifuz maullaba de dolor mientras se retorcía tratando de entender que era lo que le estaba pasando. Pero por más que intentó escabullirse (mal que mal, un ser humano como yo también le parecía una amenaza) sus lesiones lo hacían fracasar a la hora del desplazamiento. Lo tomé con mis brazos, lo entré en mi hogar y me decidí a curarlo. Sin saber mucho sobre curaciones, le limpié sus heridas y lo vendé. Le dí un poco de agua y comida y se quedó reposando sobre un chal en mi jardín. El gato había sorteado quizás el obstáculo más duro de su vida.

Una vez concluida mi misión trascendental, me dirigí al baño a lavarme las manos, y mientras estaba retomando la reflexión sobre Hannah y el valor de la vida, incorporé la vida del malogrado gato a la cuestión. Parecía ser un poco lo mismo aunque un poco distinto. ¿Se puede realmente considerar como iguales el valor de la vida de una niña enferma de trece años y la vida de un gato callejero cualquiera? De ser cierto, sentí que debería defender la vida de Hannah tal y como lo hice con el gato en la calle. Pero, ¿qué pasa con la libertad? pensé. Hannah había decidido entregarse a la vida y a la muerte, mientras que el gato había sido atacado por sus clásicos enemigos. ¿Acaso no debe primar ante todo la propia voluntad? Creo que en eso me cuadro con Peña, aunque para el caso de un gato sea difícil de entender. De todas formas, entendía que el gato estaba peleando por su vida. He ahí su voluntad (aunque no deje de ser una interpretación).

Mis manos estaban más que limpias. Llevaba varios minutos lavándolas y pensando sobre la vida, de la niña y el gato. Fue en ese entonces, cuando divisé a una pequeña araña paseando por el espejo del toilette. Como un acto de reflejo, agarré un trozo de papel confort y la aplasté contra el vidrio. Hubo un momento de silencio en el que mi mente no dibujó nada. Un instante en el que cuestioné a la propia mente para poder entender lo que había ocurrido desde otro lugar. Desde el alma y el espíritu.

Fue así como a la niña y al gato, se les sumó la araña, aún tratando de entender los misterios del valor de la vida, en todas sus magnitudes, desde lo humano a lo microscópico. ¿Porqué había defendido la voluntad de Hannah y la vida del gato, y luego había despreciado la voluntad y la vida de un pequeño arácnido? Tuve esta pregunta en mi cabeza durante toda esta semana y aunque quizás nunca llegue a una respuesta final, concluí dos cosas.

Mi primera conclusión, es que mas allá de lo que determino como bueno o malo en mi vida, naturalmente soy un antropocéntrico. O sea, defendí la voluntad de Hannah porque defenderla es un valor que me enriquece. Además, es un valor que me gustaría que en mi vida fuera incuestionable por los otros. Defendí la vida del gato porque era de mi interés que el gato viviera y que los perros se fueran. Maté a la araña porque inconscientemente me vi amenazado por ella y por ende podía atentar contra mis interés de estar sano y sentirme seguro. O sea, convengamos, cada cual tiene intereses personales, algunos más nobles que otros, pero personales al fin y al cabo, que determinan lo que hacemos o no hacemos.

Segunda conclusión, no mato más arañas. O sea, supongo que mis intereses van cambiando con el tiempo.

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